La visita de un grupo de diputados a la oficina del ministro de EducaciónÁngel Hernández, y su posterior escándalo público no se trata de un incidente aislado o espontáneo. Aquello fue una trampa al Ministro, quien se la olió y le dio a los diputados lo que se merecían.

Pensemos en la forma contraria. Un diputado cita a su oficina a un ministro y este le aparece con una comitiva, incluyendo todo un aparataje de cámaras para documentar la conversación. Me imagino que pasaría lo mismo, pues una reunión con perspectiva privada no se trata así.

Por eso pienso que lo que se buscaba era hacer daño al ministro Hernández, quien no ha sido bien recibido por las estructuras políticas, pues se ha dedicado a derrumbar los acuerdos heredados de Roberto Furcal. No es secreto que mucha gente anda pendiente a los fondos del 4% del PIB que maneja Educación y que no pocos están que trinan con Hernández por su estilo recto.

Pero el tema es que esta ofensiva no es solo con Hernández y Educación. Hemos visto cómo se está atacando a la Cámara de Cuentas, mientras el Ministerio Público ha recibido disparos de diverso calibre desde diversos frentes.

Nada de eso es casualidad. Es evidente que aquellos que tienen cuentas pendientes con el Estado o los que buscan defender y sostener un sistema de enriquecimiento ilícito andan tras todos estos casos. No nos llamemos a engaño, pues todos sabemos cómo se baila el mambo.

Me parece que es momento de darles un voto de confianza a aquellos que intentan realinear las cosas y acabar con los esquemas corruptos en el gobierno. Esa tarea no les será sencilla y tenemos que entender que los interesados en “dejar esa vaina así” no se quedarán de brazos cruzados, por lo que recurrirán a todo tipo de artimañas para lesionar la credibilidad de los llamados a investigarlos. Claro, si los propios funcionarios cometen tonterías, como parece ocurrir en la Cámara de Cuentas, el escenario se complica para defenderlos a capa y espada.

Yo voto por dejar trabajar al Ministro y a los entes regulatorios. Ojalá no tenga nunca que arrepentirme.

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