José Francisco Peña Gómez, fue la chispa que encendió la pradera’ tras anunciar al pueblo, por el programa Tribuna Democrática, la acción del capitán Mario Peña Taveras de apresar al Estado Mayor de la FAD.

Fue el primer preso de la revolución. Recibió golpes y estuvo al punto de ser fusilado.  No fue por una casualidad que se produjo el estallido militar del 24 de abril de 1965. Fue el resultado de innumerables reuniones entre perredeístas y una fracción de oficiales de la Fuerzas Armadas Dominicanas (FAD) decididos a derrocar al Triunvirato.

 

Veamos su testimonio   

Aquella noche del 24 al 25 de abril dormí en una solitaria del Palacio de la Policía sin enterarme de lo que había ocurrido, cuando la sublevación se extendió por los cuarteles como reguero de pólvora. Al día siguiente, cuando aguardaba la muerte porqué sabía que en el bando de San Isidro se reclamaba mi cabeza, fui salvado por el general Belisario Peguero Guerrero.

Esta fue la cuarta prisión que sufrí durante el Triunvirato del doctor Donald Reid Cabral ya que este político cobarde combatió ese régimen desde su instalación y por esa causa fui encerrado una noche en la fortaleza Ozama, conociendo en ese entonces al famoso personaje Félix W. Bernardino, que allí guardaba prisión.

Mi tercera prisión la sufrí cuando fui arrestado junto al compañero. Eugenio Mota Contín, cuando después de participar en una reunión de altos dirigentes del Partido Revolucionario Dominicano acudimos al periódico El Caribe a hacer publicar el Comunicado con el que nuestro partido se solidarizaba con la gran huelga de mayo que, como se sabe, fue la primera tentativa insurreccional contra el Triunvirato. 

 

La huelga de mayo

La huelga de mayo de 1964 fue preparada por  Asociación de Chóferes Independientes (ASOCHOIN), dirigida en estos tiempos por el ex compañero Gilberto Antonio Peña, por la Confederación Foupsa Cesitrado, presidida por el compañero Miguel Soto, patriarca del movimiento obrero; por el Sindicato de Arrimo POASI, que por esa causa fue dividido cuando se creó el sindicato paralelo STAPI, por sectores sindicales ligadas al 14 de Junio, dirigidos por Julio de Peña Valdez, y por el Partido Revolucionario Dominicano que fue el gran inspirador, confiado en que la rebelión de los obreros encontrarla respaldo militar.

La huelga de mayo fue una verdadera insurrección obrera que hizo tambalear al Triunvirato bajo la consigna de retorno a la constitucionalidad, aunque el pretexto fuera reivindicaciones para los obreros.

Cuando regresábamos a la residencia del compañero Manuel Fernández Mármol por la calle Benito González, fuimos interceptados por algunas guaguas celulares de la Policía y varios oficiales y rasos se abalanzaron sobre el compañero Mota Contín y yo. Un policía fuera de sí me encañonó con un revólver reluciente, cuyo cañón golpeaba nerviosamente sobre mi frente mientras vociferaba toda clase de insultos y maldiciones. Un oficial, advirtiendo que el agente se aprestaba a disparar, empujó al policía y me arrastró rápidamente hacia el vehículo en unión del compañero Mota Contín y nos dijo que estábamos presos por dedicarnos a actividades subversivas.

El Policía que me encañonó con su revólver, minutos después hirió gravemente a un manifestante, descargando sobre un infeliz ciudadano su ira contenida.

Posiblemente, el aprecio que me tenía el general Belisario Peguero evitó que fuera golpeado por aquellos furibundos agentes. En el Palacio de la policía todos los presos eran recibidos con una algarabía. Llenos de odio y de cólera, los policías gritaban cajeta, cajeta, y golpeaban las cabezas de los centenares de presos que allí llegaban, con las culatas de sus rifles, cuando no con sus macanas.

 

 

En San Isidro

Rápidamente fui internado en una oscura solitaria, de la cual fui sacado varios días después, cuando me colocaron en una celda común junto al ex teniente Rodríguez Beltré, don Manuel Fernández Mármol, compañero Eugenio Mota Contín, el doctor Porcella y otros luchadores cuyos nombres no acuden a mi memoria.

Una tarde me condujeron esposado hasta la Base Aérea de San Isidro y .me juntaron con los guerrilleros del 14 de Junio y con los dirigentes del MPD que guardaban prisión en La Victoria y me amarraron en un avión de la Pan American que debía transportarnos a Portugal. A última hora la deportación mía se suspendió, no así la de los guerrilleros. Para esa época ya sostenía estrechas relaciones con poderosos jefes militares, entre ellos el Jefe de Estado Mayor del Ejército, general Montás Guerrero, quien impartió las debidas instrucciones para que se me dejara en el país junto al empresario Isidro Santana.

Me devolvieron a la cárcel de la Policía y dos días después me volvieron a llevar al Aeropuerto para, deportarme a Estados Unidos. Nuevamente la deportación se suspendió y finalmente me pusieron en libertad, al cabo de 18 días de prisión.

He hecho esfuerzos sobrehumanos para recordar si ví aquella tarde en las celdas de la Policía o en las calles de la capital a algunos de estos historiadores, sociólogos y héroes de ocasión, pero la memoria me traiciona porque no ví a ninguno promoviendo causa de la constitucionalidad, que hizo posibles meses después el estallido de la Revolución Constitucionalista.

El arquitecto Leopoldo Espaillat Nanita dice que yo no tuve ninguna participación en la preparación de la Revolución, atribuyéndole su propia gloria y la ajena al doctor Molina Ureña. El distinguido compañero José Rafael Molina Ureña —sin duda alguna el jefe político por instrucciones de Bosch de la conspiración constitucionalista- debe recordar que se presentó una tarde a mi hogar con un pasaje de ida y vuelta a la ciudad de Nueva York, que se lo había entregado el doctor Donald Reid Cabral para que yo lo utilizara y abandonara inmediatamente el país, ya que según me explicó el doctor Molina Ureña, los militares enemigos del PRD me acusaban de conspirar contra el gobierno y podían matarme en cualquier momento y él deseaba salvar mi vida.

El doctor Molina Ureña debe recordar que conservé el pasaje para usarlo en tiempos mejores, pero que me negué a marcharme del país y preferí vencer mi miedo y pasar de nuevo a la clandestinidad, a la que ya estaba acostumbrado.

Si yo era una pieza tan insignificante en el tablero político de ese tiempo, ¿cómo se explica que el propio presidente de la República me invitara a abandonar el país porque, según él, mi vida corría peligro?

En otra oportunidad, mientras me ocultaba de agentes secretos que me buscaban por toda la ciudad, fui encontrado casualmente por un número considerable de agentes policiales que descubrieron un gran contrabando de whisky en un almacén que me era prestado por el padre del compañero Chichí Eusebio para ocultarme en tiempos de persecución,

Ese día me sacaron el pasaje para enviarme al exterior y de nuevo intervino la buena suerte y el general Belisario Peguero impartió instrucciones de que se me pusiera en libertad, con el compromiso solemne de que me alejaría de la actividad política.

He perdido la cuenta de las veces que por obra de la casualidad escapé de la saña de otros perseguidores que me buscaron con peores intenciones que los policías del general Peguero, porque bien se sabe que él no era un asesino, aunque era un oficial de mano dura.Mis relaciones se extendían también a los movimientos dé sargentos en la Jefatura Mayor del Ejército y la Intendencia.José Francisco Peña Gómez arrestado al declararse la revuelta

Seguramente porque era cobarde, casi todos los oficiales que en ese tiempo conspiraban contra el Triunvirato se reunieron conmigo y planearon acciones contra el régimen. Puedo decir sin equivocarme ni exagerar, que, era el único alto dirigente del PRD que tenía buenas relaciones con los militares constitucionalistas y al propio tiempo con los altos jefes militares balagueristas, que sin conocimiento del líder reformista trataban de derrocar al Triunvirato y establecer una junta cívico- militar que celebrara elecciones.

En todas las conspiraciones

Estuve involucrado absolutamente en todas las conspiraciones que se produjeron contra el Triunvirato, convencido de que cualquier movimiento que lo desplazara sería empujado por las masas, por el camino del retorno a la constitucionalidad.

El nivel de nuestras relaciones con altos y medios oficiales constitucionalistas era bastante bueno, pues sostuve reuniones diferentes con el coronel Servando Boumpensiere de la Intendencia del Ejército, con el coronel Armando Sosa Leyba, con el coronel Hernando Ramírez, con el teniente coronel Pedro María Álvarez Holguín, con el mayor José Antonio Núñez Nogueras, con el mayor Píndaro Peña, con el capitán Arias Collado y con el teniente Randolfo Núñez Vargas, que fue quien ametralladora en mano, inmovilizó a los jefes militares que se encontraban en el Palacio Nacional en momentos en que los constitucionalistas asaltaron la sede gubernamental y derrocaron el Triunvirato.

También nos entrevistábamos con el teniente Faña Rivas y con el sargento Polonio Pierret, de la jefatura del Ejército. Creo que era yo el único alto dirigente del PRD que sostenía estrechos contactos con la conspiración de los rasos, cabos y sargentos de la Intendencia, movimiento que era dirigido por el hoy médico y compañero doctor Radhamés Rodríguez.

Reunión con Nivar Seijas

En una oportunidad me reuní con varios miembros de ese movimiento en la residencia del señor José Bosch, hermano del ex compañero Juan Bosch y mi casa era constantemente visitada por ese grupo.

Mis relaciones eran extensas con el Clan de San Cristóbal, ya que era, junto al compañero Fenelón Contreras, el principal socio político del coronel Nivar Seijas y participé activamente en todos los movimientos que él dirigió.

Sentía profundo afecto por el coronel Nivar Seijas, alababa su desinterés y su determinación; traté de ganarlo para la causa constitucionalista pero siempre se mantuvo fiel al doctor Joaquín Balaguer. El coronel Nivar Seijas y yo nos reuníamos en el ensanche Ozama, en la residencia del compañero Fenelón Contreras, primo de su esposa.

En una oportunidad el coronel Nivar me citó a una casa de su primo Nivar Ledesma, quien moriría en la revolución enfrentando a los constitucionalistas. Le pregunté al coronel Nivar Seijas que si confiaba en su primo y me respondió que era discreto y que, aunque no compartía sus ideas estaba seguro que no lo traicionaría.

El coronel Nivar Ledesma era un hombre hermético y se mantuvo silencioso todo el tiempo, mientras su esposa nos servía con finura y solicitud.

Una proclama y un revolver

Las últimas reuniones que sostuve con el coronel Nivar Seijas ocurrieron en su hogar, situado en la avenida Abraham Lincoln. El general Elías Wessin y Wessin mantenía frente a la residencia de su enemigo, un automóvil Mercedes Benz conducido por un coronel que luego fue retirado, que iluminaba con las luces altas las personas sospechosas que ingresaban en la morada de Nivar Seijas, Fenelón Contreras me condujo echado sobre el piso de su automóvil hasta la marquesina y allí el coronel Nivar Seijas me entregó una proclama y un revólver.

Al día siguiente, cuando recorría la calle Benito González exactamente en el mismo lugar donde el año anterior me habían apresado durante la huelga de mayo, dos celulares y policías a pie y montados en sus vehículos intentaron interceptar el carro en el que viajábamos cuatro conspiradores conocidos ya por el Triunvirato: Sucre Félix, Manny Espinal, Fenelón Contreras y yo. Sucre Félix dobló a toda velocidad por la calle José Reyes, cruzó la avenida Mella y finalmente se estrelló contra una casa de madera situada en la esquina José Reyes con Restauración. Salí rápidamente del automóvil y salté sobre una verja en momentos en que Manny Espinal le sostuvo el rifle a un policía que se preparaba para dispararme. Desaparecí con la proclama y con el revólver y me refugié en el piso de doña Esperanza de Peña, desde donde escuché a Radiotelevisión Dominicana haciendo llamamientos contra mi persona y reclamado mi captura.

La última conspiración del coronel Nivar Seijas fue develada y Donald Reid lo deportó hacia San Juan de Puerto Rico. El coronel Nivar Seijas hipotecó casa y me envió algo más de cien pesos con el compañero Fenelón Contreras.

Otros oficiales con quienes sostuve relaciones fueron los miembros del llamado Clan de San Cristóbal teniente coronel doctor Sánchez Guerrero y general Belisario Peguero Guerrero.

Todos estos movimientos fracasaron y fue entonces que se desarrolló con fuerza la conspiración constitucionalista.

Rafael Tomas Fernández Domínguez

El núcleo principal de la revolución constitucionalista tenía como director máximo al teniente coronel Rafael Tomás Fernández Domínguez, con quien no tuve ningún contacto directo, salvo después de su retorno al país y brevemente antes de partida. Sin embargo, sostenía estrechas y cordiales relaciones con sus hermanos el coronel retirado Caonabo Fernández y el coronel activo y gran amigo nuestro doctor Emilio Ludovino Fernández, con su tío el teniente coronel José Mauricio Fernández con sus discípulos, muchos de los cuales fueron expulsados de los cuarteles cuando rehusaron respaldar el golpe de Estado.

Las constitucionalistas solían reunirse en la bomba del empresario Bolívar Bello Veloz, cuñado del general Héctor Lachapelle Díaz y por eso eran llamados como el Grupo de la Bomba.

Aunque Lachapelle Díaz solo había sido capitán sus condiciones personales le grajearon una decisiva influencia en el movimiento, de tal manera que casi todos lo reconocimos como el principal contacto con el coronel Hernando Ramírez.

Militares con los que se reunió

Entre los militares con quienes sostuve reuniones figuran el capitán Quiroz Pérez, el teniente Lorenzo Sención Silverio, Freddy Piantini Colón, el mayo José Antonio Núñez Nogueras, el teniente Marino Almánzar, el teniente Salcedo, el teniente Guillermo Pulgar Ramírez. Otros oficiales activos o retirado que participaban en el movimiento fueron el capitán de fragata Librado Andújar Matos, los hermano tenientes Pedro y Tony Guerrero Ubrí, con quienes solía reunirme, el alférez Jesús de la Rosa, a quien no conocía al igual que Ernesto González, José Aníbal Noboa Garnes, Percival Peña, el alférez Tomás Nelson Bobadilla Ubiera, primer teniente Yege Arismendi, comandante Lara Matos, Marte Victoria, Eladio Ramírez Sánchez, el primer teniente Pimentel García el teniente Cádiz Alonso y el coronel Francisco Alberto Caamaño Deñó, quien rápidamente según me informaron los compañeros que tenían contacto con él, se convirtió en uno de los jefes del movimientos debido a su inteligencia y determinación

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