El pasado lunes, como en cada conmemoración del aniversario del ajusticiamiento de Rafael Leónidas Trujillo Molina y de homenaje a los héroes que contribuyeron a la caída de ese régimen de terror y oprobio, se repitió de nuevo en algunos discursos, que todavía la “destrujillización” del país y sus instituciones, a 61 años de la muerte del déspota, sigue en proceso y que continúa intacta la estructura ideológica que esa tiranía construyó.

Es una vergüenza que a seis décadas de que un grupo de hombres se inmolaran y acabaran con 31 años de opresión y sangre, todavía se hable de que sigue presente el fantasma del trujillismo en algunas políticas oficiales, leyes, reglamentos y códigos que años tras año se promete cambiar y “destrujillizar” como es el caso de la vieja y cuestionada Policía Nacional, para solo citar un ejemplo.

Si no enseñamos a los jóvenes en las escuelas, universidades, y otros espacios de socialización los horrores de la dictadura de Trujillo, seguiremos pregonando por más décadas la permanencia del pensamiento  despótico de un hombre que merece ser desterrado de nuestras instituciones; pero sobre todo de la mentalidad de las presentes y futuras generaciones.

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