Por: Guillermo Piña-Contreras

Siempre me impresionó la cultura humanística y literaria de Tony Piña Cámpora. Lo recuerdo en la sala de la casa de nuestra familia paterna en San Juan de la Maguana haciendo un enjundioso análisis de Persona (1966), el enigmático filme de Ingmar Bergman cuando apenas iniciaba mi adolescencia. Sin haber visto aún la película, su análisis me impresionó de tal manera que desde entonces he visto en Tony, uno de mis primos mayores del lado paterno, a  una de las personas más cultas entre quienes frecuentaba entonces y que sin duda alguna influyó considerablemente a que me inclinara durante mi vida adulta por la literatura.

Escuchar a Tony Piña Cámpora exponer sus lecturas en esas fabulosas reuniones familiares de entonces se hizo una costumbre. Particularmente aquella en que el ilustrado primo expuso sus dudas sobre la existencia de Dios, una manera de provocar a las fervorosas creyentes hermanas de mi padre y del suyo. En realidad, gracias a su cultura y facilidad expositora, simplemente se declaraba, más que ateo, agnóstico y, de paso, provocador. Poco faltó para que las tías vieran en él a un “comunista”. No lo era y no lo ha sido nunca.

La pasión de Piña Cámpora por la cultura va de par con la del béisbol, lo que muestra que no son incompatibles. En el maravilloso documental de Ken Burns Baseball (1840-2009), en los primeros años del apasionante deporte no faltan las citas del gran poeta norteamericano Walt Whitman sobre el deporte de “pega y corre” que tanto le apasionaba.

Con el deporte nacional dominicano, contrariamente a lo que Tony hacía con las tías paternas, no provocaba. Su única provocación, en el deporte dominicano, si lo fuera, es ser, como la mayoría de los sanjuaneros, liceísta. Sus crónicas no revelan sus simpatías. Es muy profesional, pero es liceísta.

Vivía su apasionado entusiasmo por nuestro “deporte rey”, coleccionando postalitas de peloteros de las grandes ligas,  estudiando y comparando las estadísticas de los players que respaldaban las postalitas acumulando tantas cifras y récords hasta llegar a convertirse en una suerte de enciclopedia ambulante de béisbol cuando aún faltaban décadas para que la Internet y el fabuloso motor de búsqueda Google facilitaran a cualquier cronista incipiente las estadísticas de los peloteros retirados hace más de 50 años. “¡Cosas veredes, Sancho!”.

Piña Cámpora no necesitaba de la Internet para darse cuenta de que tanto el béisbol, como la Constitución norteamericana, es el mismo desde que ese maravilloso deporte empezó hace dos siglos. Como la Constitución de Estados Unidos, el béisbol ha sufrido enmiendas, pero las reglas, conviene Ken Burns en su extraordinario documental, siguen siendo casi las mismas: 9 entradas y 3 out la cierran y el equipo que produzca más carreras gana el partido. De manera que. como decía el “filósofo” Yogui Berra: “¡El juego termina cuando se acaba! ”.

Siempre esperé que Tony Piña Cámpora se destacara como crítico de cine o ensayista, pero prefirió la crónica de béisbol y lo ha hecho muy bien. Sus obras; Los grandes finales (una historia de los torneos de béisbol profesional efectuados en el país [República Dominicana] desde 1957 a 1981) (1981), hasta su documentado Pedro, el grande (cronología de una carrera ejemplar (2015), pasando, entre otros no menos interesantes como Guía del béisbol profesional dominicano de 1981 a1989 y Presencia dominicana en las ligas mayores de 1956 a 1989 (1989).

En su trabajo sobre Pedro Martínez mezcla estadísticas y datos biográficos. Una combinación ardua que su manejo del idioma y la práctica periodística le permiten cautivar al lector y, como se sabe, la biografía de un atleta de alto rendimiento son sus estadísticas. Piña Cámpora nos conduce desde la primera temporada de Pedro Martínez en las mayores (1992) hasta la última en 2009 que titula “Canto del cisne” cuando se retiró luciendo el uniforme de los Filis de Filadelfia. Una obra en donde, basado en números, demuestra por qué Pedro Martínez fue elegido al Salón de la Fama del Béisbol de Cooperstown en 2015.

Así como me impresionó su análisis de Persona, la famosa película de Bergman y sus planteamientos agnósticos en la casa solariega de nuestra familia paterna, me impresionó sobremanera su artículo, digno de un epistemólogo del béisbol, “El valor de ponchar”, en “Presencia Dominicana” su columna semanal en Listín Diario el 30 de septiembre de 2012 en el que aborda algo tan abstracto como lo que significa dejar a un bateador con “la carabina al hombro”. Como decía un famoso narrador de pelota: “La fórmula para medir el dominio del pitcher en un juego”, escribe Piña Cámpora, “se inicia con cincuenta puntos como base, se le agrega uno por cada out realizado, dos por cada episodio completado después del cuarto y uno más por cada out conseguido por la vía del ponche. Se reducen dos por cada hit admitido, cuatro por carrera limpia, dos por carrera sucia y uno por cada base por bolas”. Pocos han logrado la proeza de alcanzar más de 100 puntos y el récord lo tiene Kerry Wood con 104 puntos en 1998.

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